viernes, 27 de mayo de 2016

A estas alturas
lo más conveniente sería
reinventar nuestra historia.
No es culpa de nadie
que a veces la memoria
resulte ser
una mala anfitriona;
bien por vanidosa
o bien por ingenua.
Te alegrará saber que
mi vida ha ido en pique
desde que te fuiste;
que parecen los días
un intento fallido,
una mala broma.
Recuerdo apenas
cuando me advertías:
ten cuidado con la ficción,
que puede llegar
a ser eterna.
Ya.
Debí haberlo ignorado.
Ahora,
tras la obediencia,
me he vuelto
un animal de tierra,
un reptil de realismo puro.
Puedes sentirte orgullosa,
he desarrollado un instinto
deductivo brutal.
Y me paso las horas
olfateando tu casa,
los restos de tu cara,
la cronología de lo nuestro.
Tu casa,
tan llena de sombras,
de ausencia;
un cuerpo
habitado por nadie.
Recuerdo
la ropa que llevaba
el día en que nos conocimos
y la primera vez
que sentí
que ibas a matarme.
Es curioso,
uno siempre sabe
la escabrosidad de los terrenos
en los que se adentra
y, sin embargo,
nos lamemos la intuición
para que no nos distraiga
de la campante bestialidad
con la que queremos irnos
a la ruina.
Pero bueno,
no me mataste.
Mi mejor amiga quería
también conocer tu casa.
Ya sabes,
tu boca,
tus articulaciones.
Pero esa es, en realidad,
una historia
que le pertenece a ella.
Hoy hace tres meses
de aquel ramal,
de esas noches que por poco
no acabaron.
Y es que estamos siempre
así,
buscando
el sentimiento oceánico,
el límite de las cosas
que no podemos tener,
el desenlace
a este nudo de palabras
que ata
nuestra existencia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario