domingo, 1 de marzo de 2015

Poisot

Tienes que ir a ver a Poisot, me dijo; él es quien le sabe a esto de las encuadernaciones. Me imaginé que Poisot debía tener 30 años. 33. 37 a lo mucho. Vive bien cerquita de tu casa, añadió; entre tu calle y la de Nu Haus. Pensé en lo que había a esa altura. La pollería. La papelería azul. Un dentista. Imaginé la casa de Poisot adentrada en uno de los patios contiguos. Te dejo su número por si necesitas hablarle. Veintidos veintialgo. Le marqué a Poisot. ¿Hola? ¿Poisot?, soy Ana, la socia de Pavel. Quedamos de ir a verte hoy, pero finalmente iré sólo yo y quiero corroborar tu dirección. Me imaginé a Poisot, con sus 30 años, hablándome desde su pequeño departamento con vista al patio de la pollería; desde su escritorio lleno de diseños y un puñado de marihuana esquinado. Qué voz más desganada, pensé. Busqué la dirección. No, no era por donde el dentista, ni la pollería. Era aquella casa verde que había visto siempre (sin suponer que ahí vivía un Poisot). Hablé de nuevo. ¿Poisot? me parece que estoy afuera. Esperé a que saliera y traté de imaginar rápido si tendría barba. Se abrió una puerta y entonces salió. Unos 47 años, pelo cano, complexión delgada, pantalón de mezclilla. Sin barba. ¿Anita? pásale por acá. Su casa era un taller lleno de cajas, suajes y olor a orín. Era experto en encuadernaciones. Le expliqué el trabajo y accedió a hacerlo. Claro que sí, Paola, la próxima semana está listo. 5 veces fui a su casa verde. Debería describirlas todas. El olor con el que salía impregnada mi ropa. Su inteligencia. La historia de su apellido francés. Su manera de contestar el teléfono diciendo tajantemente 'quién habla'. Ahora cada que paso por mi calle pienso en él y pienso después, a la altura de Nu Haus, en el Poisot que ha de vivir a un lado de la pollería.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario